Fernanda Baissi es Coordinadora de Comunicación Institucional de Fundación CEDHA. Especialista en el manejo de sitios open source.

La soja, originaria de la China y con nombre japonés, es hoy uno de los productos agrícolas más importantes y más problemáticos de la región latinoamericana. La sociedad en general poco conoce de este “porotito oriental”, pese a que ya es parte de nuestra identidad.

Hoy, este porotito parecer tener a la Argentina en jaque. El Estado trata de controlarlo mediante la elevación de impuestos, mientras algunos representantes de los productores hacen causa nacional para liberar el mercado, bloquean rutas y generan desabastecimiento. Los medios construyen conflicto, y el damnificado es el pueblo y el ambiente.

Pero pensemos qué implica realmente este pequeño porotito para el ambiente, para la biodiversidad, para la economía, para el pueblo y para el desarrollo sustentable.

Argentina es el tercer productor de soja del mundo, después de Estados Unidos y de Brasil. La soja se utiliza en la producción de aceites, salsas, jugos, harinas y en otros productos alimentarios. El cultivo de la soja para la región americana, y particularmente para Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Paraguay y Estados Unidos, tuvo un especial crecimiento durante el boom de los commodities, en la década de los 90s. Su paulatino, pero firme crecimiento en valor resultó en un volcamiento agrícola masivo hacia su producción, a costa de cultivos más tradicionales como el trigo y el maíz o el uso de tierras para ganado.

La soja transgénica, un tipo de soja que se resiste al glifosato – un plagicida cuya producción y venta por la multinacional Monsanto (muy presente en el país, que crece a la par del cultivo de soja) – es el cultivo de preferencia de muchos agricultores.

La soja es barata porque utiliza poca mano de obra, de fácil manutención, ya que simplemente fumigando con glifosato prácticamente está garantizada la buena cosecha; el mercado internacional compra todo lo que se envía y el precio internacional de la soja sigue creciendo. Todo esto hace que el desmonte y la reconversión de campos hacia la soja sigua una tendencia de firme crecimiento.

El reciente crecimiento exponencial del valor de este “poroto transgénico”, ha convertido a la soja en verdadero oro en polvo, y el frenesí de los agroproductores por plantar más y más soja, se puede comparar con el frenesí que alguna vez dominó los mercados del oro del Siglo XIX. Las grandes ganancias son buenas para el bolsillo del productor, y para las grandes multinacionales como Monsanto, Dreyfus, Bunge, ADM y Cargill, que dominan el mercado de ventas de semillas, plaguicida, y monopolizan los canales de exportación. Y el almacenamiento del grano forzado por los productores, que resulta de las medidas que toman ante los impuestos anunciados por el Estado, hace incluso, que el precio internacional siga subiendo.

El problema con el mercado de la soja es que, a pesar de ser un mercado que deja mucha ganancia para quien invierte en él, es ganancia para hoy sin visión para mañana, ya que tiene consecuencias extremadamente nocivas para la ecología y para la diversidad económica y social tradicional que la rodea. La preocupación por la soja no se basa, como muchos suponen, sobre la nocividad de la soja como producto de consumo, que aún es un tema de mucho debate, sino sobre las consecuencias secundarias que tiene el mercado en cuestiones sociales, económicas, agrícolas y ambientales.

La plantación de la soja (en su conjunto) ha tenido devastadoras consecuencias para la macro-ecología y para el equilibro del mercado local agrícola, sobre todo, para grupos sociales vulnerables. Según la Secretaría de Ambiente de la Nación, “El monocultivo de soja está aniquilando al bosque nativo [y] entre 2002 y 2006 la soja fue la causa principal de la deforestación de 660 mil hectáreas de monte en Santa Fe, Córdoba, Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Chaco.”

“La expansión de la soja representa una poderosa amenaza sobre la biodiversidad en la Argentina”, y la “sojización del país” es causante de “desequilibrios agro-ecológicos como la pérdida de la capacidad productiva de los suelos; una mayor presión de plagas y enfermedades; cambios en la población de malezas y un mayor riesgo por contaminación con plaguicidas”.

Los impactos negativos de este porotito ingeniado por empresas agro-productoras multinacionales y que ha invadido al país como plaga, son fenomenales no sólo para la preservación de la biodiversidad de la región afectada y la provisión de bienes y servicios, sino como hogar y medio de vida para miles de personas.

Otro gran problema que trae la soja tiene que ver con el pesticida que se usa, el glifosato, un producto extremadamente tóxico, que ingeniosamente los agro-científicos de Monsanto diseñaron para que el veneno no mate al poroto transgénico, pero sí todo lo que está alrededor, incluyendo la biodiversidad de campos aledaños. Mientras que algunos argumentan que el glifosato se aplica una sola vez por cosecha, estudios demuestran que va en creces la cantidad de aplicaciones. Según datos oficiales, “en la campaña 2004/05 en Argentina las aplicaciones con glifosato alcanzaron los 160 millones de litros de producto comercial. Y se espera un incremento aún mayor en el uso de este herbicida, a medida que las malezas comiencen a tornarse tolerantes al glifosato”.

Entre los impactos más notable que trae la soja para el país, están: la degradación de los bosques, la deforestación; el aumento de procesos erosivos y del riesgo de desertificación, la pérdida de la fertilidad de los suelos, la pérdida del paisaje forestal, la pérdida de valores culturales y espirituales, la pérdida de la regulación de aguas superficiales y del subsuelo, modificación de los procesos de intercepción, infiltración y evapotranspiración, pérdida de la calidad el agua, aumento de algunos gases, el efecto invernadero, pérdida de diversidad biológica, migración interna (de los habitantes del bosque hacia los centro urbanos y sus alrededores), pérdida de bienes madereros y no madereros, y perdida de posibilidades de uso sustentable de fauna silvestre.

Está claro que los intereses públicos, del bien público deben estar por encima de la ganancia económica de los pocos, sobre todo en un caso como este, que implica una severa devastación no solamente del patrimonio natural de la nación, sino también de miles y miles de pequeños agricultores y mano de obra campesina que se ve afectada negativamente por el atropello de la soja a la ecología y a la agro-biodiversidad.

Pero las perspectivas de ganancia de seguir plantando más y más soja son tan buenas, aun tomando en cuenta las retenciones impuestas por el Estado recientemente, que muchos agricultores optan por reconvertir todo a soja, en vez de promover una agricultura más diversa y equilibrada, esto es lo que denominamos la tendencia hacia el “monocultivo”. Entre 1995 y 2004, por ejemplo, la producción de soja creció el 134%, mientras que los demás agrocultivos bajaron el 17%. Entre 2005 y 2006 Argentina duplicó su capacidad de procesar la soja. El ritmo de reconversión hacia la soja, es evidentemente, vertiginoso.

Hoy la soja ocupa más del 50% de las tierras cultivables en Argentina y representa el 18% de todo lo que el país exporta (su principal comprador es China). En números mundiales, Argentina produce el 18% de la soja del planeta, pero exporta el 46% y el 55% de mercado de soja en alimento y aceites, respectivamente.

Esta “sojización” de la agricultura y de la economía, disminuye la presencia de la diversidad de productos agrícolas en el mercado, y suben los precios de estos, tanto nacional como globalmente. Las consecuencias van desde impactos culturales en la desaparición de comidas tradicionales porque desaparecen los productos para elaborarlas en los mercados locales, hasta impactos más críticos como el incremento de costos de otros productos agrícolas en los cuales muchos individuos de ingresos bajos dependen para su dieta diaria, agudizando de esta manera, el nivel de pobreza.

Pero pocos entienden realmente lo que significa la sojización para la vida diaria de la mayoría de las personas.. Muchos caen en el circo mediatico de pensar que el problema es solo un empecinamiento del Estado con los productores sojeros, ingnorando el terrible impacto que la tendencia al monocultivo de la soja le causa al país. Y muchos, que sufren los problemas que trae esta tendencia, ni siquiera se dan cuenta que sufren a causa de la sojización. Es justamente por esta miopía respecto a su impacto negativo en la sociedad que hoy reinan argumentos en los medios que sostienen que la soja es el motor ideal para el desarrollo del país, cuando en realidad, el mercado de la soja tiene un impacto regresivo y esta destruyendo poco a poco la riqueza de la agricultura argentina, y causando severos impactos socio-económicos tanto en el campo como en la ciudad.

Las oportunidades de ganancias exponenciales nutren al egoísmo y la ceguera mientras que la desertificación trae pérdida de diversidad ecológica, se seca la tierra y empiezan los problemas ambientales. Lo que antes era tierra fértil y mullida, se convierte en inútil y dura, y cuando vienen las fuertes lluvias, la tierra ya no puede absorberlas. El exceso de agua deja de llenar los acuíferos, y la misma se desliza hacia los océanos, lo que resulta para muchas poblaciones sorprendidas, en inundaciones como la que enfrentó a ciudad de Santa Fe hace unos años, causando estragos sociales y económicos.

Además, la soja, con la metodología que se utiliza para plantarla (siembra directa) redujo la mano de obra necesaria para mantener los campos, subiendo el desempleo y resultando en inmigración hacia las ciudades. Esto genera hacinamiento en las grandes urbes, pobreza y más altos niveles de delincuencia, todos golpes sojistas al desarrollo sostenible.

La reciente Ley de Bosques de la Argentina es un paso en la dirección correcta y está íntimamente relacionada con el grave problema del monocultivo sojero. Surge del reconocimiento de que el monocultivo sojero y altamente lucrativo trae problemas severos para el desarrollo social y el equilibrio ambiental. La ley parte de la idea de que no podemos seguir desforestando sin una planificación económica, social y ambiental (y agrícola) racional, por más oportunista que sea el mercado internacional de granos, ya que la ganancia es de unos pocos.

Buscar el balance de todos estos factores, es decir, la explotación del recurso natural, sin que afecte negativamente, en su conjunto, al bienestar de la comunidad, es al final del día, lo que entendemos por “desarrollo sustentable”. La sojización, el monocultivo y la deforestación que conlleva son, justamente, actividades y modelos agro-industriales no-sustentables.

En Brasil, Marina Silva, la ahora ex-Ministra de Ambiente de Lula, se enfrentó con los intereses económicos que apuestan ciegamente al boom sojero, y cuando vio que su propio gobierno tiraba por la borda la preocupación por la racionalidad ambiental agrícola, prefirió apartarse. Esta misma ceguera dominó a la Argentina durante la década del 90. Pocos escuchaban durante esa década (o lo ignoraban) el reclamo de muchos ambientalistas y pequeños agricultores que, en esos años, empezaron a advertir los problemas que estaba trayendo la sojización del país.

Hoy, parece que en Argentina y en Brasil es mala palabra hablar de racionalización de la agro-industria. Ni siquiera las ONGs Ambientales del país hablan lo que piensan del enorme problema que representa el monocultivo y la soja, y prefieren callarse ante el pseudo conflicto del campo respecto a la soja, probablemente porque no quieren salir a defender a un gobierno que han criticado desde su inicio en materia ambiental. Solamente 2 de las 10 más reconocidas ONGs ambientalistas del país siquiera mencionan a la problemática desatada por las retenciones a la exportación de la soja en su página de Internet. Alguna, increiblemente, salió a ofrecer a sojeros asesoramiento legal para llevar denuncias en contra de las medidas impositivas a la soja.

Vemos levantarse intereses que defienden un mercado traído de afuera, para abastecer a un mercado externo a beneficio de unos pocos y construido sobre la producción de un producto, por más rentable que sea para los que lo generan, que está terminando con la diversidad agrícola de nuestro país, y encima, teniendo devastadores impactos en nuestro balance ecológico.

Necesitamos una política agrícola macro-sustentable que contemple no sólo la rentabilidad del campo, sino también, su racionalidad y su integración equitativa con el resto de la sociedad y con el ambiente. No podemos volcarnos al monocultivo sin pensar en resguardos sociales y ambientales. Necesitamos una planificación del suelo en la región, necesitamos cuidar a nuestro patrimonio natural, y debemos considerar cómo los modelos productivos que se dan en el campo, impactan a la biodiversidad natural, a la diversidad agrícola, y a los sectores sociales más vulnerables.

Las retenciones fiscales para el ambientalista argentino, y para los ambientalistas del mundo, es una buena noticia, y ojalá retengan más a la soja para que podamos volver a una mayor y más sustentable diversidad agrícola nacional. Finalmente, un país sojero se dio cuenta del terrible mal que le está haciendo a la ecología y está tomando cartas para evitar una crisis socio-ecológica irreversible. Ojalá, la sociedad no pierda de vista el campo, por mirar a un porotito.

Para más información sobre sojización ver:

http://www.ambiente.gov.ar/?idarticulo=5320
http://www.ecoportal.net/content/view/full/73977

http://www.ecoportal.net/content/view/full/21349

http://www.lasojamata.org/en/taxonomy/term/11

http://www.argentour.com/en/argentina_economy/agriculture.php

http://americas.irc-online.org/am/5184